miércoles, 13 de abril de 2011

Sueñeandonos

Casi siempre tengo la palabra presta,
lista, ágil en la boca de la cara y
cara en los intestinos,
tengo casi siempre, por si acaso,
una paz y
una guerra, un verso lánguido y
tieso por si es ya tarde y
las despedidas se avecinan,
un grito de furia por si en mis sueños
ya te has ido, un epitafio lindo por si acaso
en mis días de andar despierto me abandono
a mi olvido y
no te sueño en mi andar contigo.

Casi siempre me nace en la esgrima de las lenguas
un verso tibio por si las discordias amenazan con el frio,
la conjugación perfecta de una promesa
que merezca el respeto para darle vida,
una palabra que tal vez para ti no sea justa
pero que hilvana en mis súplica tu nombre con mis rezos.

En mi siempre el casi siempre eres tú cristal de mi mirada,
contigo las palabras se me duermen en los labios,
tiemblan de antemano en el terror
de caer en el campo de batalla acobardadas o
mudas en el camposanto, aún tienes el poder de hacer
que me truene la vida con los dedos,
de hacer que algo revolotee acá en el estomago.

No sé qué tan bueno sea que sepas todo esto,
pues no sé si haya sido bueno para ti
el haberme tenido en tus sueños,
pero lo menciono porque para mí fue bueno
saber que mientras dormías en mi sueños me querías,
porque yo te quiero siempre, en mis sueños de a de veras.

Gayo 13.4.11 en una tarde donde el calor ya ha dado cuenta de la corbata que se ha ahogado en el sudor de las angustias.

lunes, 11 de abril de 2011

Sexeando

De todas las veces que hicimos el amor,
me quedo con aquella que lo hicimos
cuando el interés no era tanto,
aquella con las manos frías,
con los labios perfumados y
salados por la cena,
aquella en la que los besos,
el ritmo y
el sudor
apenas fueron suficientes
para darle cause al trance.

De todas las noches que hicimos el amor,
con o sin imaginación de fuego,
me quedo con aquella en la que el amor
fue una palabra apenas musitada como rezo,
aquella en la que los peritos del cariño,
los estudiosos del respeto,
los tristes y desconocidos y
todos los vecinos en su desesperación
nos gritaron basta de silencio y
la noche no durmió por los maullidos
de las gatas enceladas que intentaron
despertar antes de tiempo a la aurora.

Me quedo, amor, con aquella vez
en la que nos espiaban los luceros
apuntando es su memoria cada movimiento,
aquella en la que los clandestinos corazones
dibujados en las libretas de las colegialas suspiraron,
aquella en la que al hacerlo aún con desgano
abrimos el portón del infierno y del paraíso,
pero entendimos que al hacerlo con amor
lo que hay atrás de esas puertas, es mismo.

Gayo. 9.4.11 en una tarde en la que la temperatura templada ha decidido tomar el sol.

Díando

Los días de guardar mi piel debajo de la tuya
están muriendo de recuerdos, de todo y nada,
de hipo y tos,
de suspiros serenados bajo el cielo sin luceros y
mañanas de lunes con los codos sobre la ventana.
Las noches de enseñarle a la noche
a ser eterna entre los pliegues de cortinas,
caries de persianas, mis brazos y tu abraso
se están pudriendo antes de los onomásticos
en medio del sopor de las palabras,
entre cirios vigilantes que velan
todo verbo,
todo verso y
los sí lo haremos que no se defendieron,
que no tuvieron el valor, que no dijeron nada.
Los días hijos de semanas largas y
de años concebidos a destiempo
se están quedado atorados entre notas amarillas
colgadas de las hojas de los calendarios,
ahorcados en las manecillas del reloj
que marca el anteayer con pausa y con desgano.
Los días de guardar mi piel adentro de la tuya
invocan con demencia a tus dioses un remedio,
no les basta con sufrir amnesia en defensa propia.


Gayo. 9.4.11 en una tarde con tantos grados de calor como grados tiene el ajenjo, tan caliente que las lágrimas se abrazan al sudor para olvidarse de la soledad, para evaporarse juntas.

Lastimeando

Es casi una lástima que tu potencial de amante
se diluya sólo a solas debajo de las sábanas,
es tal vez casi un pecado ardiente que permitas
que mi semen no se deposite donde debe,
es decir, allá en el cuenco de cuerpo
que mi ego dice que me extraña,
que me añora,
que desean apretar mi carne
hasta que de ella emane el zumo de mi fuerza y
la fuerza de mi edad sobre tu espalda.

Si tus ganas no estuvieran tan ancladas
a esa tu moral tan perniciosa,
a ese creer que el tiempo no se acaba,
a sentir que es mejor estar cual sombra lejos
del este cuerpo que te extraña,
ya sabrías más de los misterios del va y ven
que se da sólo por placer sobre la cama,

si no fueras tan envidioso con tu piel y
a tu piel le permitieras llegar hasta este
cuerpo que deseas, a la piel que le rodea
al bao bajo mi ombligo, ya te habría hecho
cerrar de nuevo la mirada en la luz blanca
que se da en un orgasmo,

si no fueras tan duro, acaso un tanto necio,
mis palabras te sabrían dulces a poesía
y ya estarían cayendo las murallas de tus telas y yo,
acaso una vez mas bajo el poder de tu mirada,
sería de nuevo la preocupación de tu experiencia
con ese respírate de extraña manera,
con el disfrutarte hasta la noche,
hasta mañana,

si tan sólo me dieras la oportunidad de nuevo
de partir en dos tu cuerpo e incendiarlo
con el mío y
apagarlo con mis jugos y
de nuevo abrasarlo,
a carta cabal ya sabrías,
ya sabría,
si el sexo entre los dos ha sido o no, sólo fantasía.

Gayo 8.4.11 en una tarde ardiente con horario de verano en donde las ideas se diluyen como cirio de cera, como luna al terminar su ciclo, como el humo de un cigarro poco disfrutado.

Guarideando

En los mares de mis días
aún flotan los escombros
del bajel que me quemaste,
las ceniza de los trapos que
se arrullaban con los vientos a tu lado,
vigas,
tablas y
mis huesos que aún no se reponen.
Aún se puede ver flotando el lábaro
que ondeábamos para medir
en el aire la buenaventura
que decíamos sería el horizonte.
Sin ti tanta agua es muy salada,
tanto que la sal de mi mirada
ahoga el recuerdo
de tu dulce mirar entre pestañas,
entre ausencia,
entre vana esperanza.

En los mares de tus ojos verdes de aceituna
aún debe haber ecos de mis días en tu vida,
aún debe haber alguna astilla
que en tus días de luna y
sombra
haga que te lluevan las mejillas.
Vuelve caramelo a recoger escombros,
en una de esas nos queda una balsa
que nos lleve sobre la mareada
a buen puerto y
le tomamos por asalto el faro
al que persuadimos para ser nuestra guarida.

Gayo 6.4.11 en una tarde en la que me he dado cuenta que la primavera le ha servido a la musa para ir de vacaciones.

Fuisteando

Fuiste de las caricias el paradero
que las yemas de mis dedos
sentían desde hace mucho ya perdido,
contigo, carita de agua dulce,
el comenzar ya era una meta y
el solo coincidir la vera por donde transitan
los encantos,
las aves y
las maravillas abreviadas en la pluma de poetas,

el tinte que preñó a los colores
de la fantasía para que naciera mi horizonte y
la oscuridad perdida de las buenas noches
que de nuevo entintó mis viejas canas,

el corazón de mis silencios
cuando en silencio te rezaba,
el palpitar del grito y
los aleluya con los que me festejaba
el coincidir de nuevo a tu lado,

fuiste lo que fuiste y no te culpo
oscuro enterrador de los aniversarios,
lo tuyo era un rato, acaso el recorrer
como un romero el mapa de mi cuerpo,
acaso, no lo sé, quedarte en mi latir
como un lamento, o hacerme asirme a tu recuerdo
como náufrago al tablón de vida, vida mía.

Gayo 1.4.11 en una tarde viendo que la vida es cínicamente cíclica y que no hay mejor calendario que su recuerdo.

Sonriseando

Tu sonrisa ave de mi agüero
la aprendí en mis labios
junto con tu nombre,
en el apretarlos fuerte
para no soltar alguna pendejada
cuando no has llegado,
cuando paso por tu calle y
la estela de tu aroma me indica
que me llevas cuadras de ventaja y
el bromista viento no me dice para donde,
la aprendí mirándote a
tus ojos de salmos y buenaventura,
rozando con mi rostro tu aliento y
el aroma de tu hirsuta cabellera,
lo aprendí al mirar tus pasos de pantera y
tu espalda con sus alas de tocar mi alma,
la aprendí completo en unas horas,
en una vuelta,
en un par de aceitunas navegando en una historia.

Tu sonrisa melodía sin fin me la aprendí
en el vientre de colmena y
en las piernas que me tiemblan,
que me espantan,
que se adueñan de mi cuerpo
cuando quiero irme para allá y
ellas, descaradas, se regresan a tu vera.

Gayo 26.2.11 en una tarde viendo que el tiempo ya no lo hacen como antes que rendía horrores, un suspiro mas y ya estará aquí la primavera.

viernes, 25 de marzo de 2011

Manuel

Cuando llegué al local, seis meses antes de que me visitara el ángel que vino a beber un poco de agua y que en prenda de mis obsesiones me dejará una hermosa pluma blanca a la que le hice su altar, allá en el rincón, conocía a Manuel.

Manuel guarda sobre la cabeza todo el cabello de su juventud, sólo que lo que antes fue negro noche ahora es de un blanco tan plata y tan profundo que bien podrían coserse con su cabello alamares en traje de charro.
Es un hombre rudo, carpintero de profesión. Su mirada es eterna cuando mira al horizonte, pero cada vez va siendo menos profunda, da la impresión que se le va acortando, es como si su bondad ya fuera para unos cuantos a pesar de que su amabilidad sigue siendo para todos.

El hombre está en esa edad indefinible que sólo se ganan como virtud aquellos que han sabido vivir bien, sus manos son toscas y tan rudas que una caricia de ellas bien podría ser el peor augurio para un bebe, y sin embargo, cuando carga a su nieta o acaricia a Remedios su esposa, la tranquilidad que emiten se siente hasta la esquina. Yo mismo lo he constatado aquí en el local, si su nieta está allá con él, enmudece el revolotear de las moscas y los murmullos de mis fantasmas.
El cuando conocí a Manuel afuera de su accesoria, tenía dos cajones de madera en la acera, y sobre de ellos, acariciaba, como sólo se acaricia un bien amado, lo que yo vi como una simple puerta.

Ese día supe que Manuel era amante de la madera por sobre todas las cosas. Imaginé a Remedios discutiendo y disputándole su amor después de tener sexo.
A partir de ese día, lo vi regalándole, a su puerta, su amor y dedicación lo menos 15 minutos al día. De sus manos admiré, y vaya que admire, cajoneras, bases de cama, roperos, en fin, todo lo que un carpintero puede crear. Sus manos mágicas tenían el poder de embelesar hasta a los adoradores del acero.
Cada día, cuando sacaba a la acera sus cajones le decía yo; ¿para cuándo Manuel, para cuándo podré ver esta joya que estas labrando? Y su respuesta siempre fue la misma; Ya lo dirá el Señor, yo no tengo prisa, y le daba la espalda al sol y de nuevo a acariciar la madera.

Ayer que regresó el ángel a mi local a beber de nuevo agua y a dejarme una nueva pluma pero ahora oxidada, y con la cual me pidió que escribirá su historia y no pendejadas, cuando salio y partió de mi vista, ahora caminando, descubrí que Manuel no estaba, creo que soy sumamente ingrato con la gente buena, creo que su magia me deslumbró los primeros días y después lo comencé a ver como algo normal, como algo de todos los días, algo así como cuando uno se enamora y ve virtudes hasta en la mierda del ser amado y que después, cuando el desamor llega y llega benigno, uno dice: carajos, sólo era mierda. No digo que Manuel ni su trabajo lo fueran, nada de eso, pero así me sentí al descubrir que ya era de noche y no había notado su ausencia.
Hoy lo vi al llegar al local y me tranquilicé, pero así como el ángel había cambiado en año y medio, Manuel había cambiado de forma tremenda en un par de días, apenas pudo cargar con mi ayuda sus cajones para colocar su obra de arte. Su voz se despeñaba de su boca al suelo y sus ojos hacían agua. De inmediato me alarme y con un nudo en la garganta le pregunté: ¿Remedios, está bien? mejor que nunca, se quedó en casa moliendo chiles, chocolate y pan para el mole que hará el día de mañana, sus lágrimas sólo son porque hace ya años que no asaba chiles, me dijo. Carambas Manuel, así que mañana habrá fiesta en casa, le dije, y el sonriendo me contestó; así lo quiera el Señor, así lo quiera.
Indignado conmigo mismo por no notar su ausencia y si esa especie de decadencia que cargaba sobre la espalda, me quedé charlando y acariciando su obra. Carajos, puedo jurar que he acariciado las pieles mas bellas que un hombre pueda tener, puedo jurar y lo firmo, que ninguna de ellas era tan calida, si, tan calida, como la obra de arte que tenía ante mis ojos y de la cual Manuel me dijo que por fin estaba terminada.

No había duda, bella entre las bellas su obra, curva sobre curva era sensual y hasta sexual, línea sobre línea era sobria, y ahí en una esquina pude ver lo que creí que era un bebe naciendo, seguí la línea en forma transversal y descubrí nuevos nacimientos, muertes, miseria, bonanza, es decir; todo lo que se vive en una vida hasta llegar al ocaso.

Curioso como soy y sabiendo que no hay cliente que espere dos años por ningún trabajo y conociendo que el hogar de Remedios y Manuel era sumamente modesto, le pregunté; ¿Manuel donde vas a poner esta belleza de puerta? Y calmado con su voz quebrada me respondió; así qué todos este tiempo la has visto como puerta, pues en cierta forma tienes razón, para unos será la puerta que cierre mi féretro, a mi me gusta pensar que será la puerta que abre otra vida. Coman y disfruten como remedio lo que Remedios guisará para mañana, el Señor me ha dicho que yo no despertare, y le creo. Yo guardé silencio anticipado.

Gayo 22.2.11 en una tarde recordando que el Señor nos tiene en sus manos.

evangelizándome.

Cuando pasó por el local, venia acompañado de sus hermanos de religión, de cinco que eran él fue el ultimo en entrar y el primero en hablar; si te tomas de la mano del Señor nada te faltará, dijo, y su voz me sonó como agua cayendo en un árido pastizal incluso olvidado de las lagrimas del Señor y me dije; si el precio de tenerte es tomarme de la mano del Señor, que me hagan un cita.
Tendría caso veintidós o quizás dos mil años, ¿Quién pude saberlo? Cuando me miró a los ojos con esas dos envidias de luceros de un azul profundo, de inmediato supe que de ahí se habría inspirado el Arquitecto para darle color al Pacifico, mi yo interno se inquietó mas de la cuenta, pero puso más atención en su estructura física que en lo que estaba diciendo.
Su cuello desprovisto de manzana era acaso una curva delicada pero sumamente peligrosa y aún así su voz seguía regando estos pastos de años y años de sequía mientras adentro de su cuello algo se movía.
De pronto, su mano color de cera se movió por el aire, despidió el aroma del veneno de abejas, y yo que antes de ser un canalla fui apicultor, ya sabía que sólo hay sobre la tierra un aroma mas hermoso que ese; el olor de algunas hormonas fieles y compatibles a mis necesidades y por aquí, de verdad, no volaba ningún insecto.
Su voz seguía regando mi miserable alma, debió ser así, porque debajo de mi ombligo, lento pero seguro, crecía con una fiereza ejemplar, el árbol de la vida.
En un instante, si darme cuenta de nada, colocó sobre la mesa un folletín que llevaba como ejemplo para compartir la instrucción de su fe a los que ya estábamos secos, me pidió que me acercara y mi perna tocó la suya que se movía de arriba abajo como lo hace un adolescente antes y después de recibir alguna calificación importante, no pude mas, la desértica estructura del árbol de la vida se humedeció de tal manera que por mis ojos sentí el canto de pájaros y la oscuridad blanca que se forma en la mente cuando un cuerpo ha derramado la simiente sobre de otro, temí por un momento que el fuerte aroma que estaba yo despidiendo fuera percibido por ellos, pero al parecer sólo él lo descubrió en el aire de local, pues me sonrío como sonríe la luna y me guiñó un ojo de tal manera que ahí en ese guiño se resumía el pecado del mundo.
Justo en ese momento terminaros su labor conmigo y con lo que me quedaba de alma, casi al unísono dieron que tenían que partir y partieron.

Cuando dieron la vuelta vi su espalda y quise exclamar ¡Demonios! ¡Pero si debajo de la camisa oculta los muñones que quedan cuando alguien cuelga las alas atrás de la puerta!, pero creo que de alguna manera su palabra me había tocado y sólo pude exclamar para mis adentro ¡Dios mío!

Cuando se fue, se llevó hasta mi última moneda, a cambio me dejó unos folletos, un llano perfectamente húmedo y la advertencia que la semana entrante serían sus hermanos, no él, los que me visitaran para aclarar mis pensamientos sobre la charla que él me había dado y sobre la lectura que reposaba sobre la mesa y se me quedaba de tarea.
Me lleva la chingada, no sé porqué tienen esa afición los ángeles de pasar por el local a tocar, solamente mi alma.

Gayo. 22.2.11 En una tarde mística evaluando qué es pecado y qué no lo es.

ángeleando de nuevo

Eran seis los botones de su camisa las garitas que mal cuidaban su pecho de mi mirada, y un gabán negro como la noche el que colgaba del perchero de sus hombros. Sus piernas, torneadas a fuego lento, me dejaban ver a través de sus jeans raídos como se movían despacito como trigal acariciado por el viento sus dorados vellos. Su mirada recia azul profundo era la envidia de lo que un día, al principio de los días, quiso ser el color del acero. Sus dorados cabellos caían como tormenta de rayos en seco sobre sus hombros, y sus labios de carnada, rojos como la granada, apenas se abrían para suspirar y exhalar el perfume del veneno de abeja.

Se deshizo lentamente de la prisión de las garitas que cedieron fácilmente a las caricias de sus dedos, yo, absorto con la visión de su pecho desnudo, escuché su voz de melodía sin fin que me decía; no todo es sexo en la vida. En ése momento quedé inmóvil, crucificado a la cama y totalmente húmedo por el sudor y otros líquidos corporales, pensé; ojalá éste sea uno de esos momentos en los que lo único que no importa es la vida.
Mi cuerpo y alma estaban listos para ser usado con el perdón del lector, del Señor y de la moral aprendida en los tiempos del ocio.

Por fin, después de algo que pareció la autentica eternidad, se sentó en la cama a mi lado para rozar con sus labios mi boca, apenas fue un roce, nada de contacto, sin embargo sentí como mis labios estaban a un aliento de fundirse y dejarme mudo para siempre.

Me miró de pies a cabeza deteniéndose un segundo a escudriñar las palpitaciones de mi hombría y a rociar mi carne con una lágrima antigua.

Su mirada se convirtió al mismo tiempo en la tristeza y la paz de un camposanto, sonrío levemente y con un sólo movimiento bastante brusco se puso de pie al tiempo que se despojaba de la camisa y el gabán, dio media vuelta y sus alas blancas aletearon con fuerza impulsando su cuerpo hacia la ventana que se estrelló en cien mil luceros como añicos, su volar levantó todo el polvo del mundo que se alojo sin piedad en mis ojos, no pude ver más.

Cuando el agua de mis cristalinos me permitió ver de nuevo la luz, encendí un cigarro y con toda la furia que puede contener la botella de un genio atrapado con bajas argucias, exclamé; Demonios, otro ángel más que pasa por mis santísimas ganas sin tocar nada ¿será caso qué de verdad los ángeles no tienen sexo?

Gayo 23.2.11 en una tarde en la que el viento apenas despeina, apenas remueve el sentir de los recuerdos.

Huelleando

A tus huellas preñadas
de adioses le están naciendo
dunas en los sabañones,
cojean en la memoria,
en las vueltas de mentiras,
en los tacones de otros pies
que intentan e intentan todo
con sus danzas inventadas.
Les están naciendo dudas
en lo verbos de aquel
antiguo código que te dejé escrito
cuando me miraste de hinojos,
los nuevos vientos les están soplando
sobre los vestigios,
casi es una palabra enorme
al mirar casi sus restos,
casi nada queda,
se están desmoronando
como faro de arena intentado
rescatar las naves al llevarlas
a puerto seguro.

A tus adioses les está naciendo
humo de mi pecho,
déjame inhalarlo nuevamente,
no te vayas pies de azúcar,
duéleme hasta que de nuevo
brote una nueva tarde.
Hasta que de tus huellas preñadas
les germinen nuevos pasos.

Gayo. 25.2.11 en una tarde extraña, con vientos de buenaventura a la vuelta de la esquina, con vientos que quieren volar a sotavento y los suspiros fríos no los dejan.

Coñeando

Cuando faltaste a tu palabra de quedarte
le cambie la cerradura de la puerta a las noches,
condené a perpetua a los sueños
en su claustro de pestañas,
derrumbé con ira el monumento a tu coño
que adornaba sobre la mesita el manual hindú
al que le agregamos el prefacio y las conclusiones,

cuanta falta le haces al bao de mis pasiones y
a la espuma de mis mares que se va secando
entre los trapos, en las pretensiones,
en las ganas sin la playa de tu tafanario,
en la soledad de recordar los rincones
de tu piel que nunca habían sido allanados,

vuelve corazón de azúcar, vamos a cambiarle
al sol las cerraduras para que nunca amanezca,
abramos levemente los párpados a las persianas
para dorarnos con la luz de luna, vamos a
inaugurarle otro monumento al nido de tus piernas y
a escribir otro epilogo en tu piel que te sostenga
entre mi espada, la pared, y tres puntos suspensivos.

Gayo. 24.3.11 en una tarde que ha sentido tanto calor que se ha despojado de todas sus nubes.

Androginiando o la primera angeleada

Durante años, infinidad de años, han sido ellos los que me han buscado, los que me ha tentado, los que por broma o afición me persiguen. Han sido ellos los que con las más bajas argucias han tratado de seducirme y no los culpo, la realidad es que el pecador fui yo, o al menos así lo creo, de lo que si estoy seguro, de lo que no tengo duda, es que éste eterno ritual en el que vivo, es el castigo que me ha sido dictado.

Todo comenzó antes de que yo mismo tuviera razón, de verdad, y lo juro, no sé cual fue mi pecado original, no sé el por qué soy un paria, un maldito, un gandaya, un perseguido por las más ¿despreciables? pasiones. Pero en realidad tampoco me quejo tanto, el deseo es una pócima encantadora. Si acaso el único dolor que siempre me queda es que jamás he podido, y tal vez jamás podré, culminar con la explosión del llanto blanco de mi cuerpo dentro de su ser el acto que tanto deseo y que es el vértice de la cruz que he de cumplir.

Todo comenzó aquella tarde en la que Pedro no quiso soltar la sopa y negó mas de dos veces a sus camaradas y al señor que antes le había dado de comer y de beber, fue la tarde en la que los oriundos pedían a gritos sangre y carne, llanto y muerte, la tarde en la que se terminaron de un tajo los milagros a ojos vistas, la tarde en la que el cielo se cerró mientras que yo, alejado de las traiciones, la diabólica política y los tumultos, moría a solas ávido de amor y sexo.

En aquel tiempo, ya tenía mas de doscientos años de vagar, de ir y venir, de morir cada tarde, cada noche y despertar vivo en cada amanecer sólo para repetir la odiosa rutina, sólo para abrir mis venas y darme cuenta que de no había modo de mantenerlas abiertas. Sin embargo, por absurdo que parezca, mis ojos en aquel entonces aún sabían asombrarse, aún sabían llorar, aún se cerraban de cuando en cuando para hacer lo que mejor saben hacer los ojos cerrados: soñar.

Fue entonces, en uno de esos sueños repentinos cuando lo vi a lo lejos tirado debajo de una higuera, su alma, al igual que su cuerpo semidesnudo con lo poco de su ropa echa jirones hubieran podido ser el desprecio de cualquier mendigo. Miré a un lado y al otro, no había nadie, su soledad y la mía eran sin vacilación las soledades mas tristes y sin remedio que cualquiera pueda imaginar, sentí harta piedad de mí y me acerqué con la intención de darle de comer un poco de pan y beber un poco de vino que despreció sin miramientos y que yo había robado la noche anterior de una mesa donde se sirvió una cena en la poco después, supe que él había sido un invitado.

Levanté su cabeza del suelo para posarla en mis rodillas, acaricie su andrógino y angelical rostro para poder mirarlo y a la vez librarlo de los rulos de su cabellera negra como noche que le llovían sobre los ojos y le ahogaban la mirada, sentí en una mano el fuego de su piel canela, en el corazón toda la misericordia posible y en la otra mano las plumas que nacían de su espalda y que parecían madroños de estopa con la que ha sido limpiado por años las lámparas de aceite y los incensarios de algún templo pagano.

Cuando me miró a los ojos, vi que se encontraba en el fondo, más allá de su situación sólo quedaban los fuegos del infierno, lo supe porque yo de ellos venia saliendo, su voluntad había sido completamente resquebrajada, sólo le quedaba lo que para otros, los normales, era el lujo de respirar y que para nosotros los caídos, era el hálito que nos descubría ante los ojos de cualquiera como malditos.

Mi piedad en aquel tiempo era tan grande como mi lujuria, y sus ojos negros de obsidiana, su cabellera como tempestad nocturna, sus labios curvos de acertijo, su piel sedosa de color canela, la inmensa ternura que se desprendía de su desamparo y su cuerpo todo sin sexo a la vista, eran la formula perfecta para saciar los mas bajos instintos a los que yo de antemano había sido sentenciado.

Limpié su rostro y le besé en frente, mis labios se acercaron a los suyos a un suspiro de distancia, sin embargo, cuando iba a realizar la conjunción deseada, mis labios se abrasaron a su aliento y comenzaron a fundirse como si fueran cera alrededor del pabilo en llamas, alejé con temor mi rostro, no así mis manos que continuaron con malicia acariciándolo con la esponja llena de agua con la que lavaba su cuerpo y que debió parecer bendita, pues al tiempo que el cochambre de su piel salía, él se iba incorporando batiendo lentamente sus desastrosas alas hasta ponerse de pie. Sus labios, ay señor, ¿cómo olvidarlo?, se movieron para ofrecerme una sonrisa llena de ironía y ternura si es que eso se puede, una sonrisa tan enorme que aun perdura hasta nuestros días y que se puede mirar en las noches claras cuando la luna, siendo apenas el filo de una uña, se disfraza como rama de árbol dispuesto para horca.

Fue ese día cuando aprendí que jamás tendría descanso, que por mas que me ocultara en algún local alejado de la mirada del señor y rodeado de nativos hambrientos de sesos y sedientos de verbo, ellos, los caídos, por culpa de mi maldecida piedad seguirían buscándome cada vez que necesitaran quien les reconfortara, quien les otorgara una caricia que al ser concedida no condenara a nadie, un maldito que al mirar al cielo no tuviera con quien quejarse, un inexperto del sexo que por más que estuviera cerca de su piel y de ellos jamás pudiera conocer si tienen sexo, una victima de sus chanzas a quien removerle toda la lujuria de su alma y cuerpo sin que pueda reventar en todo lo posible, el llanto blanco de su cuerpo.


Gayo. 24.3.11 en una tarde en la que, después de pagar la cuenta del teléfono y rumbo al local, me ha seguido una parvada de seres alados, una parvada de golondrinas sin nidos, sin adioses.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Juegueando

vamos a jugar de nuevo a que naciste indiferente,
a que tu cuello sin manzana es sólo azar y
no la credencial de identidad del ángel que yo creo,
vamos a que seas tú quien ponga
la cintura y
yo el cordel de versos
que te anuden a mi cama con mis yemas
a mi hoy,
a mi siempre,
a una noche o dos o hasta mañana, y
juguemos a que cuando cierras
las pestañas con mi yo adentro y
la blanca oscuridad de tu cerebro
te reproduce pálpitos en todo el cuerpo,
te enerva,
te humedece y
te haces sentirte preso de mis versos, y
sabes que esto es sólo es juego, nada serio,
cien caricias a lo sumo y
a que mi zumo huele a mí entre tus dedos.

Vamos a sentir que nos jugamos tú la indiferencia y
yo todo el amor posible a que eres mío, y
jugamos a que gano, y
también a que te tengo y
que también tú ganas al perder tu indiferencia y
te quedas, y
le haces un lugar a mis empeños en tu vida y
tu alma se queda empeñada por el juego
en mi cama, en mi cuerpo, en mi alma.

Gayo. 2.3.11 en una tarde en la que el sol escudriña por debajo de las piedras en busca de humedad que después de sus caricias sea polvo, sólo polvo.

Nota1. hoy aprendí que en el tianguis venden mariposas para los aretes, y yo que ingenuo siempre creí que los aretes por si mismos eran ya mariposas en las primaveras que custodian los suspiros.
Nota 2. ¿qué será de las mariposas que con el amor vuelan en la panza cuando el desamor les corta las alas?
Nota 3. Yo sé que cuando muera el Don tomará mi alma, le pondrá alas y me mandará a una cueva a volar como murciélago.
Nota 4. no tengo prisa, un día pedí ser inmortal y hasta hoy se me va cumpliendo, pero por si caso, vaya usted donando a alguna organización que cuide a los murciélagos, hágalo por mi alma.

PD: Bacardy no protege a los murciélagos, así que nada de bromitas ¿he?

Gandayeando con un seudo ángel

Ya había partido rumbo a casa cuando a media calle me di cuenta que había dejado mi libro sobre la mesa. El mal habito de leer siempre me ha hecho pensar en demonios cuando no lo hago, las obviedades de la vida me fatigan tanto que en ocasiones, cuando no leo, me doy cuenta cuan canalla soy, y yo mismo me doy harto miedo, así que no pude más, deshice el camino, y regresé por él.

Lo encontré a un lado de la cortina metálica del local, sostenía todo su cuerpo sobre una pierna en el suelo al tiempo que la otra manchaba la pared, los brazos cruzados sobre el pecho como quien mira y juzga el paso de la vida por sus ojos y lo aprueba con un leve asentimiento de cabeza.
No se movió ni un ápice cuando me tuvo de hinojos mientras abría la cortina, y yo, desde ahí abajo, lo miré, lo miré tan joven, bello y enorme, digamos, tan angelical, que cuando logré controlar mis nervios y abrí el local, escuché dentro de mi pecho; regrésate por mí, no por el libro, lo miré a la cara y vi que sus labios de fuego apenas se habían movido.

Comencé a sudar y me dije; vaya, por fin, tal vez sea éste el ángel que tanto he estado esperando.

El cómo iba vestido es lo de menos, lo importante es que cuando me di cuenta ya había cerrado tras de si, y tras de mí, la puerta de la cortina de metal y sin mediar palabra desabotonó cuatro de los seis botones de su camisa, la corbata rojo fuego cayó a mis pies permitiendo ver que en su cuello no había rastros de manzana, signo inequívoco, para mi que soy docto en la materia, de que era un verdadero ángel.

Su pecho brillaba y se expandía a un ritmo inusual, los siglos que tengo siendo un canalla, me dijeron que ello respondía a una excitación usualmente terrenal, pero no presté la atención debida, pues en la penumbra no localizaba mi libro.

Todo en él, excepto sus diente, sus enormes alas blancas y la macula de sus ojos era de un color caoba claro. De su mirada recia se podrían colgar todos los sueños que quedan por mal vivir y hasta una o dos realidades, la macula de sus ojos era de un blanco tan profundo que sin duda eran las virutas de las ansiedad que quedan en las noches de adolescencia cuando uno aprende a pecar hundido entre las sábanas, el amor y la compleja realidad de estar a solas. Sus dientes se asomaban atrás de su sonrisa como avisado que tenían hambre de mis carnes.

Su divino aliento inundo el local, era como estar en medio de millones de abejas, todo olía a abejera en busca de venganza, claramente pude imaginar a todas ellas con la gota de veneno colgando de la punta del aguijón y a mí, sonriendo, como su mortal victima.

Se acerco a un suspiro de mi boca y con su voz de cascada sin fin me dijo; sé que conoces el precio de un beso, tus labios se fundirán con mi miel y quedaras mudo, ¿aún así le quieres jugar al valiente?, asentí con la cabeza, finalmente mis labios han besado tanto que ya están fundidos y mi voz no sirve mas que para distraer de sus vuelos a cuervos y gaviotas, y yo después de tanto y todo, sólo se jugar y nada tomo en serio, pues nada me queda en la vida.

Cuando sus brazos rodearon mi cintura, recordé que siempre he sido un hombre precavido, lo detuve antes del beso, un poco más por precaución que por miedo a las consecuencias y le pregunté su nombre, yo ya acariciaba las plumas de sus blancas alas y el nacimiento de sus nalgas, ya no estaba en mí, casi toda la razón se me había esfumado, los líquidos de mi cuerpo ya se aferraban a las ropas y a mi piel, sus dedos reptaban por la cremallera de mi pantalón intentando hacer que el cierre cediera, de pronto, respondió a mi pregunta que en realidad ya no era importante pues yo jugaba, Ángel me dijo, y con ello rompió toda la magia posible ¡demonios! el encanto se conjuró con esa palabra haciendo que la razón me regresara de inmediato, lo solté como quien suelta de la mano una serpiente, le pedí con mi voz de gandaya y sin ninguna duda que cogiera su ropa y se largara.
Si al menos me hubiera dicho Jesús, o José, no sé, tal vez hasta Juan, habría comprendido que un nombre es sólo un nombre y no encierra en él ni virtud ni pecado.

Aún tengo aquí en mis manos sus lagrimas cristalizadas que me hacen pensar que su llanto era verdadero, yo un canalla, y él la excepción de la regla que mas encabrona a la gente docta, que como yo, experto conocedor en cuestiones de ángeles de todos colores, y hombre realmente sensible como soy, sé a ciencia cierta que no era un verdadero ángel, pues los verdaderos ángeles jamás me hacen sentir miedo de mi mismo, ni juegan con su nombre, ni fatigan con absurdas obviedades.

Gayo. en una tarde en la que el calor es tan fuerte que en venganza a mis canalladas, el calido viento envía al local a un ejercito de seres alados llamados: moscas.

Nota 1. si usted tiene un ángel verdadero manténgalo lejos de mi.
Nota 2. si su ángel verdadero es su ángel de la guarda, entonces pierda cuidado.
Nota 3. no todo lo que brilla es oro, ni todas las cagadas salen por el recto.
Nota 4. las cagadas que más apestan son las que uno comete lastimando a otro…………Shilaes, las dos ultimas notas no viene ni al caso ¿verdad?

Credeando

Y me quedé con el bocado atorado
después de ésa última cena en donde tu historia,
la historia y
la madre de todas mis derrotas
se quedaron sin mesías impoluto,

iba por ti con todos tus portentos y
preferiste cambiar la silla de virtud
para besarme desde un lado a un lado en mi mejilla, y
después la otra, y
te urgían tantos labios que los labios míos
fueron los paganos mientras te escondías
detrás de un árbol engalanado con una soga por corbata,

hay Jesús,
ay señor de casi todos mis desvelos
¿porqué cambiaste de ser mi adoración
a ser apóstata si eras redentor de mi pasado, y
de la buenaventura, de todo lo buena
que pudiera ser tu alma y tu piel
cubriendo la mía del pecado?

Ay Jesús mentor de todos mis pecados,
qué puñal ilumino tu vista con su brillo
para que hiciera que tu paso fuera liviandad
de solo un paso, sólo de paso.

Y yo que te miraba a futuro caminar mis mares
extrayendo de ellos los moluscos, vino, rezos,
conchas, caracolas con sus cantos y
a granel los peces sin argucias,
sin remilgos,
con nada que no fuera mas que el credo
que aprendí desde tus labios.

Gayo. en una tarde harta de calor recordando por temor el credo que casi estoy olvidando.

Hablando con el señor o puras pendejadas.

No sé si fue al segundo día de todos los días o al tercero, pero sin duda fue antes del séptimo cuando fue creada, de un soplo como todo, la abeja.

Lo sé porque antes de ser el tipo de canalla que soy, el señor me lo dijo justo una tarde mientras me dedicaba a la apicultura. El como llegué a esa profesión es sencillo. Tenía yo 15 años, era soltero, seguramente muy guapo pues a esa edad el que no lo es, o el que no se siente así, se mete un definitivo balazo, y yo a los 12, lleno de acné, chaparro y sin aspiraciones sexuales ya lo había hecho y seguía de pie para contarlo.

Total que a esa edad, la única vez que entré a una escuela, supe que había mucho mundo por recorrer, y ante el llamado del señor, me metí por dinero con las abejas, es decir, a su mundo.

El como supe que la abeja fue creada en esos tiempos también es sencillo, y cualquiera que se haya quedado dormido en el campo llano debajo de un maguey a 38 grados a las sombra, sabe que hay muy pocas sombra ahí debajo, que el agua del cuerpo se consume rápidamente, que la temperatura del cuerpo sube a los mismos niveles de quien delira una sifilítica fiebre y que antes de morir asado, los sueños se vuelven palabra del señor.

Así pues, cumplía todos los requisitos para ser confidente de cualquiera, incluso del señor que durante una hora me confesó que la abeja nació antes que cualquier ser pensante, y que lo hizo en ese orden para facilitarle a los pensantes la forma en la que explicarían, mas adelante a su grey y cuando la moral fuera ley, la forma de fornicar.

Sin embargo, la abeja tenía otros planes, los cuales no incluían ser para siempre la mala metáfora del coito, la abeja, me dijo el señor, trabajadora como es, no le inspiraba para nada eso de estar en boca de los padres mintiendo con eso de los pistilos y las corolas, a ella las cosas como son, o se habla claramente de penes, vaginas (uy, ésta palabra algo de super mística tendrá, que no viene en el corrector ortográfico de mi PC) , óvulos y esperma, o si no ni madres, que no se hable de ella, total para habladurías ya tenia de sobra con los zánganos de la colmena, sus planes eran definitivos, dominar la tierra.
Así que voló por todos los confines a polinizar hasta en los calzones de la tía Amelia que argüía que a ella le olía el trasero a rosas, creo panales aquí y allá, diseñaron el mejor sistema clasista de la era, el mejor alimento que jamás haya existido, cera para iluminar con velas las cenas románticas, los féretros, las misas blancas y las negras, para aromatizar cuartos de baño y para suplir al vibrador en las noches en las que uno no encuentra baterías y no ha pagado el consumo de energía eléctrica.

Crearon todo lo útil menos la democracia, bueno, crearon todo lo útil y se desarrollaron como el primer ser dominador de la tierra, incluso, a riesgo de su vida crearon el veneno en la punta de su aguijón para defenderse de moros y cristianos, ateos y conversos, negros, rojos amarillos y hasta rubios de ojos verdes mar en calma, y que dicho sea de paso, huele como a hormonas de ángeles, no sabe, la cosa mas divina del mundo, así que si a usted algún día le llega a sus narinas el perfume mas seductor de la vida, corra a todo lo que da, no importa si hay o no abejas, la vida en libertad es lo primero.

Bueno, pero regresando a esta romántica historia y para concluirla.

Yo absorto con semejantes revelaciones le pregunté al señor; Bueno ¿y cuál fue la falla del plan de las abejas? Y el señor me respondió; sepa la chingada, no sé de que me hablas, bebe a sorbitos el agua, si no te encuentro te mueres, mira nada mas como tienes la piel llena de llagas y por allá las colmenas aún sin “ordeñar”, eres un zángano cabrón.

En aquel tiempo era muy joven y atrabancado, pero perdoné sin rencores al señor cuando me despidió con majaderías y ahí en medio de la nada.

Aún creo en su palabra y más en aquella que decía que yo jamás sería buen apicultor, por fortuna también me quedó la enseñanza y el recuerdo de Raquel su hija, que santa entre todas las santas me obsequió su virginidad a cambio de mi ultima paga.


Gayo 3.311 en una tarde en la que el calor hace delirar hasta a los sueños de verdad, a los sueños de soñar despierto.

Perpetuideando

Qué vas hacer conmigo
cuándo ya no tenga sexo,
ni brazos,
ni piernas, y
el tronco sólo sea una caja hueca
sin lugar a resonancias, y
a mis ojos sean las sombras todas
las que lleguen y
ya no tenga párpados
para cubrirlos de temores,

qué vas hacerle a mi nombre
cuándo sea más número que letra y
se mantenga en la costilla
de un simple expediente, y
mis labios y
mi lengua no se muevan para reclamarle
a los terrores que no vuelvan,
que no abracen mi recuerdo
cada vez que la gaveta se abra y
sea mi número y
mis letras las que no se muevan,
las que nadie busque,
las que queden arrumbadas
tras la broma del destino,

qué vas hacer con los gusanos
que se cuelguen de las cuencas
de mi cráneo cuando ya no quede carne,
cuando todo haya pasado,
cuando todo sea un jirón de pelos
adornando acaso una sardónica sonrisa,

qué haré yo cuando me lleves y
a un lado de tu plano me vea como despojo,
sin luz,
sin voz
ni movimiento cuando exhumen
lo que quede, cuando la perpetuidad
del papel del camposanto haya vencido
como todo vence
entre tus manos de reloj y calendario.

Gayo. 3.3.11 en un tarde en la que pasó por mi mente que todo pasa cuando ya es tarde, cuando no hay remedio ni lágrima que riegue lo que ya es árido para las tardes

Casiando

casi aurora, casi tarde, casi noche,
casi cínica luna la muy desvergonzada,
sonriente con su labios curvos de perchero
para colgar cual trapo casi un recuerdo,
para secar sin sol casi todos los suspiros,
para ahorcarse sin remedio mientras
no se acobarde el olvido,

casi es una palabra casi hermosa
cuando mantiene viva la esperanza,
cuando ya no hay agua,
cuando no hay retorno,
cuando ya no hay dios y
adiós es la única palabra con verdad
que de verdad será casi la ultima, y

se ve tan bella luna, casi bella luna
quitándoles la pena y
las ilusiones a los adoradores
del colorín del cuento que se ha terminado,
alunando a los novatos que se juran así mismos
que el primero amor sí es eterno
aunque sólo dure el lamento de los cierres y
botones botando por el suelo las ropas y
en la cama las saleas a las que casi sala y
mata,
a las que casi endulza y
cura, y
sale casi tarde para ser de noche, y
aunque no le toque sale casi siempre,
casi noche surge para ser de día,
casi nunca, casi luna, casi siempre.

Gayo 8.3.11 en una tarde en la que casi olvido que el tiempo lo cura todo, menos a la verdad.

Postergueando

Tal vez era martes o
tal vez quizás un jueves,
no recuerdo el día ni que mes
del calendario le apellidaba,
sólo sé que era un día como hoy
pues en el negro firmamento había
un filón de luna y
tres estrellas
como esos tres lunares arriba de tu pecho,

sólo sé que era tarde y
con las prisas no leíste los versos
con los que lloró la ducha mientras
de tu piel los iba deslavando,
no recuerdo tanto el primer beso
como el ultimo cariño,

pero aún tengo atorado en el pecho
el apremio que tenias de unos labios
que pagaran tus urgencias,

he olvidado mucho y
mucho he idealizado,
mucho he escrito de aquel lunes o
de aquel viernes embustero
en la que te bordé una casi noche con caricias,
con amor de largo plazo, con estrellas
como fuegos de artificio,
un divino baile loco,
una puesta en escena a tus pies
declamándote poemas,
un anillo en tu dedo sin mentiras y
un olvido sin recuerdos sumamente postergable.

Gayo 8.3.11 esa tarde casi noche había en el cielo tres lucero y una luna delgadita como guiño, como broma, como la de ahora.