domingo, 21 de noviembre de 2010

Uno.

Cuanto miedo queda
en uno
cuando uno
entiende el miedo de ahorcarse
con las agujetas de las botas que se ciñe
a los pies la obsesión que queda
sólo en uno,
cuando uno solo
entiende qué el otro; no quiso,
no mantuvo ganas, que pudo intentarlo y
a quien uno
en una, dos o muchas tonterías,
como el atosigar con las llamadas,
el trastocar la miel por hiel celando
hasta el polvo de la cursi luna,
el contar y
recontar migajas cual lunares haciendo creer
que el pecho,
la espalda,
unas bellas nalgas o
la piel entera era mejor diana que el alma
que también requiere de caricias y
de hacerle el sexo rabiándole a los dioses y
después cuando la vuelta es hacía otra mirada
se queda uno
inmerso en subjetividades comprendiendo,
uno solo,
que no supo,
según uno y
el otro, enamorar.

Me gustaría ser otro y
no uno y
decir que soy cobarde y
que tengo miedo de buscarte,
pero las medallas-cicatrices y
los hilos-canas-plata no me han dado suficiente inteligencia
para no soltarme del cadalso atado a los cordeles
anudados cual si el cogote fuera caja de regalo
a la manzana y
-y me suelto uno y otro día con su noche-
prefiero seguir de ti enamorado
en esta tarde con su luna llena,
tan blanca como la mácula de tu mirada,
recostadita la canalla, como un día tú en mi cama,
completamente azul celeste y
arropada por su cama luz cubierta por su nubes de cobija.

Gayo. 21.10.11 en una tarde con sus nubes arrugaditas como apenadas sábanas después de ver dos cuerpos revolcándose en la emociones. Mirando los últimos avioncitos de la temporada que como golondrinas demoradas envía el Señor en esta tarde de su divino ocio.

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